La desaparición de Kakita Hachi [Primera Sesión]



Por la mañana temprano me presenté, como se me había solicitado, en la sala de recepciones del honorable Kakita Hojin. Hacía poco que había llegado a las tierras Grulla para investigar las vías de distribución del pérfido Kurage y durante la investigación conseguí destapar una pequeña red de traficantes de opio. Quizás mis hazañas habían llamado su atención, o quizás mi madre había conseguido mover algunos hilos. El caso es que no tenía muy claro por qué se me había convocado, pero es difícil rechazar la invitación de un daimyo. 

 
Allí me esperaba Hojin junto con sus principales yoriki. Uno de ellos parecía un poco fuera de lugar, era más joven que la media, y a pesar de su pose arrogante, sus ademanes delataban cierta ansiedad. Pronto descubrí que se trataba de Doji Seiya, bushi de rango 1 de la escuela Kakita, y mi futuro compañero de fatigas y alegrías. 

Doji Seiya “cuando la diplomacia no funciona, un buen katanazo soluciona”

Hojin, como buen Grulla, siguió el florido protocolo que caracteriza a su clan y realizó largas presentaciones aderezadas con conmovedores discursos. Como investigador, prefiero ir directamente al grano, pero, dadas las circunstancias, aguanté la perorata tan bien como pude. Y valió la pena, vaya si la valió. ¡Fui nombrado magistrado esmeralda! Procuré mantener la compostura sin delatar mi emoción, pero no estoy seguro de haberlo logrado del todo… En cualquier caso no pareció importar a los allí presentes.

Seiya fue también nombrado magistrado. Hojin llegó incluso a llamarle “mi magistrado”. Supongo que un lapsus del señor feudal, ya que, como bien sabréis, los magistrados servimos al emperador… Como dijo Shinsei, “quien regala bien vende si quien lo toma lo entiende”, así que no es de extrañar que, tras el nombramiento, Hojin nos expusiera un problema que requería la atención inmediata de los investigadores del emperador. 

Un querido miembro de su corte, Kakita Hachi, había desaparecido sin dejar noticias. El susodicho se encontraba en la corte del honorable Matsu Ino, en las tierras León colindantes con las de Hojin, cuando desapareció. Todo parece indicar que huyó con su amada, una shugenja Escorpión. Hachi era un reputado poeta. Y, aunque yo no comparto los prejuicios de tantos samurái, todos concuerdan en que es común que se deshonren cediendo a sus impulsos. Hojin está convencido de que “exactamente” eso es lo que ocurrió, ya que, si fuera otra la razón de su desaparición, podría significar la guerra.

Sobra decir que quería causar buena impresión a mi inesperado mecenas. Así que sin más dilación partí, junto con Seiya, hacia las tierras Matsu. Incomprensiblemente, supongo que superado por la alegría del momento, olvidé indagar sobre el pasado de Hachi en la que fuera su casa. “Estos errores se pagan”, diría mi sensei.

Castillo de Matsu Ino, creo que me quedó bien el boceto…

Al segundo día de viaje divisamos nuestro destino, un pequeño castillo fronterizo bien fortificado. Se apreciaba que la zona estaba en continua disputa entre los Grulla y los León. Allí fuimos recibidos por el propio daimyo, Matsu Ino, quien, impresionado por nuestro cargo, nos invitó a compartir su mesa. Junto a nuestro seco anfitrión y su sobria corte disfrutamos de un abundante y sabroso ágape, aderezado de interesantes y reveladoras conversaciones. Así pudimos confirmar las informaciones proporcionadas por Hojin, averiguar el nombre de la bella shugenja, Shosuro Kujiko, aclarar que los dos enamorados eran magistrados y descubrir que todo el asunto incomodaba al daimyo. También fui testigo de la famosa animadversión que se profesan los Grulla y los León, gracias a las frecuentes pullas que mi colega y nuestros anfitriones se lanzaban para amenizar nuestra improvisada reunión.

Un hecho insólito llamó mi atención durante la comida. El anciano abuelo de Ino, Matsu Kuno, se pasó la comida sollozando y hablando solo, en un claro síntoma de senilidad. El resto de miembros de la corte lo ignoraban ostensiblemente, sin embargo, sus desvaríos contenían interesantes datos probablemente útiles para el caso. El viejo lloraba la muerte de su nieto Matsu Chonoku, quien pereció en batalla contra los Grulla. “Que argucias usarían esos bastardos” exclamó el viejo, “menos mal que mi querido Ino recuperó nuestro honor en la siguiente batalla”…

Tras la copiosa comida, Ino nos informó de que tendríamos asignado un amable guía y escolta, Ikoma Katsu. “Él les acompañará a todos los lugares que deseen visitar y se encargará de velar por su seguridad, recuerden que este es un territorio fronterizo”. Supongo que algún informe de nuestras actividades también caería, como propina. Razonable, en cualquier caso. Dadas las pequeñas dimensiones del castillo, no podríamos hospedarnos en él, así que se organizó todo para que pernoctáramos en la aldea adyacente, en casa de un tal Sakkuan.

Una vez claras las condiciones, Seiya y yo acordamos que sería conveniente comenzar con la investigación inmediatamente, por lo que solicitamos ver los aposentos de los desaparecidos. Primero nos dirigimos a la habitación de la shugenja. En el trayecto pudimos apreciar el valor que los León dan a la decoración y el arte: Ninguno. Ni rastro de cuadros, vasijas u otros ornamentos. El contraste con el castillo de Hojin era notable. La habitación de Kujiko seguía el mismo estilo pulcro, sobrio y extremadamente ordenado. Tanto esmero en mantener la habitación perfecta resultaba, cuanto menos, chocante, dado que ella había escapado. Katsu, por supuesto, no dudó en su respuesta: “Las habitaciones se mantienen tal cual las dejaron sus ocupantes”. Sobre el escritorio de la shugenja pude encontrar numerosa correspondencia de Hachi, en la que declaraba su amor y desgranaba los pormenores de su huida, curiosamente, sin revelar el destino. Más hechos curiosos, la enamorada no se llevó las cartas de su amado y la tinta usada (de color marrón) no concordaba con las manchas del escritorio (de color negro). 

La habitación de Hachi era un calco de la de su amada. Impoluta y perfectamente organizada. Cuesta creer que un volátil poeta, como el que nos describieron, fuera tan meticuloso. De nuevo cartas de amor (con tinta que no concordaba). Dos cosas llamaron inmediatamente nuestra atención, una oscura mancha en la ventana y un petate de viaje. Seiya corrió a estudiarlas, y yo, previendo problemas, discutí con Katsu sobre la utilidad de un samurái poeta. A nadie sorprenderá la diatriba contra tal aberración con que me obsequió el joven León. Más tarde Seiya confirmaría mis sospechas iniciales, la mancha era de sangre (¿qué samurái se mancharía tocando impura sangre? Estos León si que saben ser sutiles). El petate, además, contenía salvoconductos de viaje que nuestro alocado poeta había olvidado llevar consigo en su huida. No parece probable que llegara muy lejos.


La tarde estaba deparando muchos descubrimientos, pero el cansancio empezaba a pesar, por lo que decidimos ir al pueblo a darnos un baño y reposar. El buen Katsu nos acompañó hasta que Sakkuan salió a nuestro encuentro. Sakkuan era un samurái gordezuelo y risueño que, a pesar de su status, se postró ante nosotros hundiendo su cara en el barro del camino. El pobre creía que habíamos venido a investigar la aparición de un fantasma pero Katsu le corrigió vehementemente. Sakkuan no pudo reprimir una expresión mezcla de desasosiego y decepción. No obstante, Seiya y yo no dudamos en aprovechar su intromisión para deshacernos de nuestro esforzado guía. “Sin duda Sakkuan se encargará de acompañarnos y protegernos”.

Una vez solos, indagamos sobre el fantasma que atemorizaba a los vecinos de la aldea. Numerosos campesinos aseguraban haber visto a una señora que deambulaba ensangrentada profiriendo alaridos. Sakkuan había pedido ayuda al daimyo para contratar a un shugenja que apaciguara al espíritu errante, sin demasiados resultados. Inmediatamente pensé que podría tratarse de Kujiko y decidí que sería conveniente indagar sobre los extraños sucesos. Seiya parecía de la misma opinión, por lo que Sakkuan nos llevó junto al testigo más fiable, el carpintero. Parecía realmente conmocionado con los sucesos y se ofreció a llevarnos donde había visto al espectro, un bosque cercano. Según su descripción el espíritu era de una cautivadora belleza e iba ataviado con un kimono rojo (¿Escorpión?) cubierto de sangre. Parecía flotar en el bosque mientras se dirigía al castillo exclamando “¡Tú me has matado!”. La descripción y fecha concordaban con las de Kujiko y su “huida”. ¿Acaso la historia oficial ocultaba el trágico final de nuestros predecesores? Rastreamos la zona, pero no pudimos encontrar pistas que confirmaran o desmintieran esta hipótesis.

Con nuevas incógnitas rondando nuestros pensamientos, decidimos, al fin, ir a descansar. Seiya es un hábil jinete, pero yo hice todo el viaje a pie… necesitaba un baño urgentemente. Además, Katsu vendría a alegrarnos la cena, Sakkuan, visiblemente nervioso, no cesaba de repetirlo. Más tarde la cena nos deparó suculentas revelaciones. Katsu descubrió con horror que Hachi era buen amigo de Sakkuan, incluso le había compuesto un poema que nos recitó muy ufano. Katsu, sorprendentemente, no apreció la musicalidad en las palabras y reprendió severamente al cándido Sakkuan. Además, le afeó que no diera parte de las escapadas de Hachi al templo prohibido de Benten. “¿Pero cómo, los León habéis proscrito a la diosa de la belleza?” Matsu no supo responder nuestras preguntas sobre la prohibición, “si está prohibido será por algo…”. Con estas palabras aun retumbando en mi cabeza como un reclamo que no conseguía olvidar, decidí acostarme. La luz de un nuevo día quizás aclarara nuestro camino.






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