El complot de Ino y Hojin [Segunda sesión]



Encontré mi habitación húmeda y fría. Apenas pude pegar ojo en toda la noche, y mucho menos meditar, aunque buena falta me hacía. A Seiya le fue aún peor, cogió unas fuertes fiebres que le tuvieron postrado en cama tres días. Me debatía entre descansar o proseguir la investigación sin compañía, cuando, para mi sorpresa, apareció un joven samurái Dragón preguntando por los nuevos magistrados. Se presentó como Mirumoto Hiromatsu, un bushi rango 1 de la escuela Mirumoto. Parecía un guerrero ágil y rápido, aunque de modales algo toscos. Al igual que Seiya y yo mismo, era un magistrado temporal enviado por Hojin.



Mirumoto Hiromatsu muestra el arte de cortar el agua


Intercambiamos brevemente la información que habíamos recabado. Hiromatsu sabía poco, pero me informó de que Hojin sospechaba de la presencia de un espía escorpión. ¿Sería la propia Kujiko? Debatíamos sobre este punto, cuando apareció nuestro guía, Katsu, interrumpiendo nuestras cavilaciones. Hiromatsu, que como dije anteriormente es algo tosco, olvidó que la cortesía manda que se presentar ante el daimyo. Katsu, más versado en estos aspectos, se lo recordó y se ofreció a acompañarle. Yo preferí librarme de ambos y poder pasear a gusto por el poblado. A veces un samurái necesita un poco de paz y tranquilidad.

Durante el paseo, y casi por casualidad, encontré al carpintero. Charlamos un poco sobre el temible fantasma, aunque no añadió nada nuevo. También le sonsaqué como llegar al santuario de Benten. Solo hacía falta seguir el arroyo. Además, la prohibición incluía solo a los samuráis, los heimin, como él, podían visitarlo si querían. Esto me hizo reflexionar, si recordaba bien los textos que estudié en la escuela Kitsuki, un magistrado del emperador no estaría sujeto a la prohibición. Aunque quizás molestaría a nuestro querido anfitrión. También habló de un monasterio cercano, pero al no estar prohibido, descarté visitarlo. Al fin y al cabo ¿Quién quiere ver a unos samuráis que han renunciado a su condición para dedicarse a la meditación?

Esperaba conseguir más información de mi visita, pero se hacía tarde y pronto volverían Katsu y Hiromatsu. Así que me encaminé hacia mi alojamiento. De camino escuché cierto alboroto en el centro del pueblo, Sakkuan había convocado a los aldeanos. Sospechaba que podría ser para ordenarles que nos vigilaran, así que me acerqué con disimulo. Sakkuan estaba hecho una furia. La escena no dejaba de ser cómica, su cara estaba aún más hinchada que de costumbre, sus mofletes, rojos como tomates maduros, temblaban y se bamboleaban al ritmo de los grititos que profería a voz en cuello. Sin embargo, su timbre era muy agudo, casi femenino, dudo que hubiese podido asustar al eta más cobarde. Los aldeanos le observaban en silencio, más divertidos que asustados. “¿Quién ha robado mi preciado sake? ¡Cuándo encuentre al culpable lo pagará con su vida!”.


Hmmm, este sake no está nada mal…
 
El gracioso suceso me dio una idea, quizás había sido Hachi quien había sustraído el sake. Debía investigarlo, podría conducirme a su escondite. Me apresuré para adelantarme a mi enfadado anfitrión y así poder examinar a fondo la destilería. Un primer vistazo bastó para comprobar la evidente ausencia de tres frascos del exquisito licor. El ladrón había sido muy poco profesional, no me costaría encontrar pistas. Me puse a ello cuando entró Sakkuan. “¡Vaya!, ha descubierto mi secreta afición.” Me dijo con una sonrisa asomando a sus regordetes labios. “Ciertamente el aroma me ha guiado. ¿Es este el delicioso licor que probamos anoche?”, contesté. Lo que siguió fue una larga disquisición sobre los detalles de la elaboración del sake. Cuando pensaba que no aguantaría más escuché las voces de Katsu y Hiromatsu, así que salí a su encuentro.

Aprovechando nuestros saludos iniciales, los León se reunieron en el interior de la casa, probablemente Katsu quería un informe de mis andanzas. Aunque no pude oír lo que decían. Hiromatsu estaba convencido de que la única vía válida de investigación era el templo de Benten. Yo le expliqué mis conclusiones legales, como magistrados éramos libres de ir, pero el daimyo podía ofenderse. Así que, haciendo gala de sus refinados modales una vez más, espetó: “Katsu-san, nosotros vamos al templo de Benten, es la única vía plausible de investigación. ¿Desea acompañarnos?” Intenté matizar sus palabras, pero la decisión ya estaba tomada, iríamos al templo. Katsu rehusó acompañarnos mientras nos lanzaba una mirada de desdén y nos advertía de que perdíamos el tiempo. Él sí que había hecho el suyo, los aldeanos habían confesado que el espectro solo apareció una noche. Aquella en que se perdió el rastro de los enamorados.

 

El templo de Benten, dudo que fuera obra de los León.

Sin demasiados contratiempos localizamos el santuario abandonado. Se encontraba en un claro del bosque, donde el desnivel provocaba un bello salto de agua. La luz se filtraba entre las hojas de bambú, creando un entramado de luces y sombras, que, al entrar en contacto con el vapor de la cascada provocaba un efecto verdaderamente impresionante. No era extraño que un lugar así estuviera consagrado a la fortuna de la belleza. Sin embargo, algo desentonaba, unas ásperas voces mantenían una discusión dentro del santuario. Hiromatsu no dudó ni un instante, desenfundó su daisho y con un ágil movimiento, entró en el santuario tirando la puerta de una patada. Dentro no esperaban los enemigos que imaginamos, sino dos eta, que se postraron ante nosotros todo lo humildemente que pudieron, entre lamentos y excusas.


Dos eta claramente inocentes

Mi olfato me indicaba que algo olía mal, y no era el terrible hedor que despedían los hinin. No paraban de dar excusas, muchas veces contradictorias y era evidente que nos ocultaban algo. Las no-personas tienen esta tendencia, pero son fácilmente intimidables. Los sacamos fuera y amenacé con ejecutarlos si no empezaban a contarnos lo sucedido. Cuando vieron el brillo de mi katana fuera de su saya su resistencia se desmoronó y revelaron la información que nos habían ocultado.

Unos días atrás, un samurái embozado les ordenó que enterraran el cuerpo de una bella mujer en el bosque, probablemente Kujiko. Vestía ropajes azulados y caros, lo que me llevó a pensar en un grulla, quizás Hachi. Los eta llevaron el cadáver a una pequeña gruta cerca del santuario y cavaron una fosa para darle sepultura. Mientras excavaban, la mujer despertó, y los pobres eta, supersticiosos por naturaleza, creyeron que se trataba de un fantasma, así que le propinaron un fuerte golpe con la pala y huyeron despavoridos, refugiándose en el santuario. Decidieron que lo mejor era esconderse allí un tiempo, pero al quedarse sin víveres, hicieron una internada en el poblado y robaron algunas cosas, entre ellas, sake de Sakkuan. 


¿La última morada de Kujiko?

Excitados ante la posibilidad de resolver el enigma de los enamorados, hicimos que los hinin nos llevaran al lugar de la improvisada sepultura. Se trataba de una pequeña oquedad en la pared de la montaña, apenas merecía el nombre de cueva. En su interior, efectivamente, encontramos un hoyo poco profundo, y una pala con restos de sangre y largos cabellos oscuros adheridos. Una búsqueda más exhaustiva nos permitió encontrar dos pistas más conclusivas. Un jirón de seda, probablemente perteneciente a un caro kimono de seda roja, en el que se intuía el mon escorpión, y un pequeño paquete cuidadosamente envuelto en seda. La tela no hizo sino confirmar nuestras sospechas, el cadáver se trataba del cuerpo de Kujiko. Quizás el paquete podría arrojar luz a los motivos de su asesinato.

Desenvolví con cuidado el paquete, dispuesto a aplicar todos los trucos de investigación que había aprendido en la escuela Kitsuki. Primero medité unos instantes, vaciando mi mente de todo prejuicio que pudiera enturbiar mis conclusiones. Procedí con la primera inspección visual, parecía un plan de batalla León, escrito por una mano experta. El análisis de la caligrafía me confirmó que había sido escrito por una única persona, y sellado con cera amarilla, la favorita de los León. Pasé a analizar el contenido. Eran instrucciones para una batalla entre los grulla, comandados por Kakita Hojin, y los León, comandados por Matsu Chonoku. Agradecí al viejo Kuno por llamar mi atención sobre la historia de su familia. Tras su charla había estudiado los libros que la familia guardaba sobre su reciente guerra con los Grulla. Estos debían de ser los planes originales. Sin embargo, diferían completamente con el planteamiento final. Algo había fallado, y esta era la prueba de que alguien había filtrado los planes al enemigo. 
Era un documento muy incriminatorio. Sin embargo, no había terminado mi análisis. La vista con frecuencia nubla el resto de nuestros sentidos, casi podía oír las palabras de mi sensei: “Las fortunas nos otorgaron 5 sentidos, ¿Por qué te centras en uno y desdeñas los otros cuatro?”. Así que proseguí con el análisis táctil. Era apenas imperceptible, pero en una esquina había un ligero cambio de textura, inmediatamente lo supe, era el sello que los escorpión solían colocar para saber si alguien había abierto su correspondencia. El análisis auditivo no me proporcionó nuevos indicios. Pero el olfativo sí, el pergamino despedía un ligero aroma dulce, como de miel. Nuevas pistas escorpión, alguien había hecho anotaciones con Utaman, vulgarmente conocido como tinta invisible. Miré el documento al trasluz, y ahí estaba, escrito con buena caligrafía “Ino es la criatura que sospechábamos”.  
Las piezas empezaban a encajar, Kujiko era la espía Escorpión, y había descubierto un antiguo complot. Si no recordaba mal, y tengo muy buena memoria, la batalla entre Ino y Hojin fue muy breve, y sin apenas bajas. Ino recuperó algunas tierras, no todas, y el honor de su familia. Y Hojin consiguió aumentar sus posesiones y poner fin a una larga guerra. Todos ganaban, menos Chonoku, que se llevó la peor parte. Hojin descubrió que Kujiko lo sabía, y su lealtad al clan fue mayor que su amor por ella, así que la envenenó. Algo salió mal y el veneno no fue suficiente, así que ella despertó, y poseída por la furia, voló a la ventana de Hachi, dispuesta a vengar su traición. Allí mantuvieron una cruenta lucha, como demostraban las pistas que encontramos en la habitación del poeta, la mancha de sangre y el panel abrasado. Sin embargo, aún había cabos que no conseguía atar. ¿Quién venció el duelo? Y aún más importante, ¿dónde se encontraba el vencedor?


Kujiko vuela empujada por el fuego de su amor



Decidimos volver sobre nuestros pasos, quizás el santuario contenía algún rastro que habíamos pasado por alto. Rastreamos el santuario y sus alrededores palmo a palmo. Nos llevó toda la tarde, pero Amaterasu no deseaba que nos fuéramos sin descifrar el enigma, sus últimos rayos arrancaron un destello proveniente del fondo del arroyo que llamó nuestra atención. Introduje mi cabeza en el mismo, y, con horror, descubrí el cuerpo de Kujiko, que reposaba atada a la armadura de Hachi.



Pedimos a los eta que retiraran el cuerpo y la armadura, para confirmar lo que ya sabíamos. Esta información cerraba la investigación, Hachi había vencido y escapado del castillo al amparo de la noche. Aun herido había cargado con la bella shugenja hasta el santuario y había usado su armadura familiar como lastre para que encontrara descanso, rodeada de la belleza que le había acompañado en vida. Tras esto, Hachi renunció a su lugar en el orden celestial, manteniendo intacto el honor de su familia. Dudaba de que pudiéramos encontrar su paradero, así que tocaba decidir qué hacer con la información que habíamos descubierto. Con la ley imperial en la mano, había poco que pudiéramos hacer. El testimonio de un daimyo vale más que cualquier prueba física que pudiéramos recabar. Solo un tribunal Kitsuki las habría aceptado, y no había ninguno por aquí cerca. Así que recomendé a Hiromatsu que olvidáramos. Tener dos enemigos con el rango de daimyo no nos proporcionaría ninguna ventaja, y sí una cantidad considerable de inconvenientes. Sería mejor que dejáramos las cosas como estaban, ya se encargaría el karma de igualarlas. Así que, siguiendo las indicaciones de Hiromatsu, quemé los documentos incriminatorios que obraban en nuestro poder y nos encaminamos al castillo de Ino.

Los daimyo se mostraron complacidos con la confirmación de sus sospechas, los enamorados habían huido sin dejar rastro. Nos recompensaron generosamente con 3 koku cada uno, el karma les recompensó a ellos con una pronta muerte, cuatro días más tarde.

Antes de eso, Hojin pudo prolongar nuestra magistratura por espacio de otro año, y nos encargó que le representáramos en la festividad de Bon, celebrada por Tsume Retsu en el castillo Kyotei del valle Kintani. Todo un honor para nosotros, que merecía después del gran servicio que le habíamos prestado. Esa sería nuestra siguiente parada. Por cierto, al no dejar Ino herederos, Katsu fue nombrado daimyo, casualidades de la vida.






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